Han llegado los días de sol a tope, acompañados de mucho calor, y yo los afronto con las persianas de mi casa bajadas a plena luz del día. Las mismas sólo son abiertas por la noche.

¡Qué no!, ¡que ya podéis guardaros los crucifijos, las estacas y demás!. No soy ningún vampiro, ni nada medianamente parecido. Eso no quita que pueda dar algún que otro mordisco en el cuello a bellas doncellas que me encuentre por ahí.

Y es que yo, que vivo en un segundo, estaba tranquilamente delante de mi ordenador viendo algún que otro vídeo en youtube cuando, de repente, me encuentro a un tipo pasar por delante de mi ventana andando como si tal cosa a escasos centimetros de donde yo estaba, ¡sólo le falto saludar!. Total, que al cabo de un rato llegó otro. Y más tarde mi edificio fue siendo abordado, como si de una muralla o un castillo se tratara, por un montón de andamios.

Y es que cuando te están arreglando la fachada del edificio, no tienes otra opción. En fín, que me temo que o me va a tocar renunciar a mi intimidad en mi propio hogar o me va a tocar un verano a oscuras.

Ya sé que lo que menos van a hacer los obreros es mirar lo que pasa dentro de las casas. Que ellos están a lo suyo. Y supongo que para ellos, los movimientos de mi familia en su propio hogar, no tendrán el más mínimo interés.

Todo lo contrario podría pasar con los movimientos que haga mi vecinita, unos pisos más arriba. Los cuales ya tienen bastante expectación cuando va por la calle, no digamos ya si la pillán con las persianas abiertas y ligera de ropa.

Así que nada de dejar persianas abiertas, y mucho menos las ventanas para ver el paisaje, a no ser que tengas una extraña devoción por los modelos de andamio. O, en el caso de mi vecinita, los modelos de obrero.

En fin que todo el vecindario nos sentimos como si estuvieramos viviendo una edición veraniega de Gran Hermano (aunque tampoco a los obreros les debe agradar tener que trabajar en las mejoras del edificio en estos días).

Con un poco de suerte, igual se marchan antes de que lo haga el sol.