Inspirado en el personaje de Perez Reverte, se estrena El Capitán Alatriste. Hasta el momento se han vendido más de cuatro millones de ejemplares de las aventuras del capitán en todo el mundo, Alatriste habla en todos los idiomas. Eso sí, el rodaje ha sido en español por imposición del propio creador del personaje.

En este blog ya te pusimos el trailer largo, pero por si te lo has perdido, aquí lo tienes:

ALATRISTE (2005)

Dirección: Agustín Díaz Yanes
Guión: Agustín Díaz Yanes
Reparto: Viggo Mortensen, Unax Ugalde, Elena Anaya, Juan Echanove, Eduardo Noriega, Ariadna Gil, Javier Cámara, Blanca Portillo, Enrico Lo Verso, Antonio Dechent.

Más de 10.000 trajes y extras, 97 localizaciones, 24 millones de presupuesto. Y Viggo Mortensen. El personaje de Pérez-Reverte tomará los cines en septiembre. Es ‘Alatriste’, una de las películas españolas del año. Un fresco del Siglo de Oro pintado con pasión por el director Agustín Díaz Yanes.

Aquí os dejo dos críticas de la película, que ya han hecho algunos periodistas:

La sombra de Alatriste
JESÚS RUIZ MANTILLA
EL PAÍS - 27-08-2006

Cuesta bajar el brazo de algunos personajes que lo poblaron y que parecen reproducirse sin solución
Alatriste es el certero espejo donde buena parte de la historia de este país haría bien en mirarse.

Cuando salga usted del cine después de ver Alatriste, esa variación de los más sentidos sonetos quevedescos que se inventó Arturo Pérez-Reverte para la literatura de hoy y que Agustín Díaz Yanes acaba de reforzar como leyenda con una emocionante película, sentirá ganas de envolverse en el Madrid que retrata. Pero casi no le será posible. Apenas podrá seguir el rastro de una sombra huidiza, como es la carne y la fascinante estampa que le ha plantado encima Viggo Mortensen a este personaje tan noble como desengañado, tan altivo como romántico bajo el manto de sus cicatrices. Aunque le costará adentrarse en los callejones donde él se bate en duelo por unos doblones, en las tabernas en las que se emborracha sin perder el sentido cerca de la calle de Toledo y se lamenta del mal carácter de la España más envilecida junto a su amigo don Francisco de Quevedo.

Le resultará complicado imaginar el olor de los mercados, la tosca sensación que desprendía el barro de los alfareros, casi le será imposible sentir el frío que espantan estos personajes de la España dorada en miseria con calzas remendadas y la ayuda de algún guiso en caldero, y qué decir tiene que no apreciará el entonces estruendoso y solemne silencio de los conventos. Si viviera en Toledo, en Segovia, en Ávila, en Cuenca, le iba a ser mucho más fácil reconocer todos esos escenarios entre lúgubres y vitales, recubiertos de las piedras blandas que se han ido desmoronando como el imperio que todos los Alatristes a duras penas pudieron defender con el coste de muchas picas en Flandes. Aunque sienta en el cogote el aliento y la amenaza infame de los Pacos y los Poceros que pretenden engullir todos nuestros paisajes patrimoniales a cambio de engordar sus cuentas corrientes y de paso las de algunos mercenarios de la política sin principios que no entienden una sencilla idea demasiado abstracta para ellos: que hay cosas que no se venden ni tienen precio.

En esas miserias sí que reconocerán algunos vicios que sobreviven al tiempo y a las modas. Pero en Madrid, poco más queda. La metrópoli ha ido engullendo a la villa con carácter y le obliga a reinventarse casi a diario. Aunque algunas cosas sobreviven como pueden, como las Huertas, la calle Mayor y su Plaza, los lugares por donde pasaba la rúa, el paseo tradicional que recorría el rey en carroza o a caballo entre Santa María de La Almudena -no la actual, claro está, porque probablemente hubiese espantado el ojo genial de Velázquez, que tenía el taller enfrente- y los Jerónimos.

Ese Madrid eterno, donde podías toparte a Felipe IV con su cara de zangolotino saltando de la cama de cualquier actriz o a psicópatas de capa negra como Gualterio Malatesta, llegados de todas partes del imperio y dispuestos a rajarte el gaznate por encargo, ya apenas sobrevive, aunque en algunas cosas es difícil de doblegar. Como también cuesta bajar el brazo de algunos personajes que lo poblaron y que parecen reproducirse sin solución en todas las épocas de nuestra historia como una maldición.

Pérez-Reverte los retrató en tinta y Díaz Yanes ha elegido a varios entre toda esa fauna. Luego los ha clavado en pantalla como crucifijos de mal agüero para retratar una España que sigue sin noticias de Dios y repleta de héroes y villanos de los que nadie hablaría después de muertos si no fuera porque algunos siguen preocupándose por ellos. Junto a los más gloriosos, como el cojitranco Quevedo o el misterioso Velázquez, que aparece retratado en Alatriste sutil y fantasmalmente a través de sus cuadros, están los más pérfidos, como el siniestro fraile inquisidor Emilio Bocanegra o el Conde Duque de Olivares, reinventados por Juan Echanove, Blanca Portillo y Javier Cámara con el poco común toque de la genialidad. Todos quedan reflejados como vaho de los dioses y del demonio entre la sombra de Alatriste, que con sus botas desgastadas, su capa de vuelo digno y su amplio sombrero de ala ancha es el certero espejo donde buena parte de la historia de este país haría bien en mirarse.

------

Alatriste

REVISTA CINEMANÍA

Empaque y torería para narrar la caída de un imperio. Un héroe de autor llena el cine español.

No queda sino batirse. El cine español ha quemado sus naves tras muchos decenios luchando contra los elementos y se presenta ante el respetable "a porta gayola", con la plaza llena para tomar la alternativa, de una santa vez.
Ante tamaña osadía, no nos dejan a los espectadores de sol otra salida que enfrentarnos cara a cara con este poderoso Alatriste cinematográfico. Y ahí ganamos todos. El personaje de Pérez-Reverte (falsos progres y nacionalistos consulten con su farmacéutico) es grande, muy grande, pero es que, además, el tándem formado por Agustín Díaz Yanes y Viggo Mortensen lo fija y le da esplendor. Nadie que haya leído las aventuras del capitán Alatriste pensará que le han dado gato por liebre. El espectador que no lo conozca (¿Haylo?) correrá a comprar los libros. Se ha respetado el espíritu de la letra (y aquí también, más que nunca, con sangre entra) sin renunciar a los principios del buen cine de aventuras: una buena reyerta vale más que mil palabras. Eso si, sin alargar la emoción absurdamente, como esos filmes hechas de dos o tres escenas de acción y de poca chicha en medio. Aquí hay meneo. Se desmorona un imperio, lo vivimos a través del corazón (y de la cabeza) de un héroe, y el equilibrio necesario entre el cine para todos los públicos (qué peligro: crear un héroe de capa y espada que no acabe pareciendo un saltimbanqui graciosillo, pero que tampoco sea un jugador de ajedrez de Ingmar Bergman) y el rigor histórico da equilibrio al asunto. Pero es que además, hay una creación. Este Alatriste tiene su aquel.
Mortensen, cuyo curioso acento desconcierta al principio y acaba resultando perfecto para la taciturnidad del personaje, ha llenado de torería (el padre del director era banderillero) y de misterio la pantalla. Díaz Yanes le ha dado poso. No es una película fácil. Es cine valiente, cuidado, de cara oscura, que no da cuartel pero si detalles de un guión lleno de recovecos históricos y guiños. Destellos para todo quisque, desde los que se pirren por las vistas al Museo del Prado, hasta los futboleros que prefieran los domingos en el Vicente Calderón (Ese Luis Pereira!). Un filme con empaque. 24 millones de euros siguen sin ser los 50 millones de Hollywood, y por eso el barco nosturno no es el de "Master & Commander", pero los espadazos son tan reales como las meadas en la calle, las tabernas de mierda y los palacios polvorientos. Un logro, porque, de entrada, los minimos de credibilidad de un filme histórico, están cubiertos de sobra. Y a partir de ahí, el talento de los secundarios (Cámara y Echanove en cabeza) empiezan a hacer (y a echar) el resto hasta un espléndido final, que llega sin avisar, como la muerte de los buenos toreros.